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Hay profetas y “profetas”, es decir, lo mismo que nos dice la Sagrada Escritura cuando nos habla de los buenos y los malos profetas. Lo cual significa que algo debe haber que haga comunes a unos y otros, pero también habrá diferencias notorias respecto de lo bueno que persiguen o crean conseguir unos y otros.

Hoy, en día, algunos utilizan el término profeta para nominar a aquellos que predicen (o adivinan) eventos que ocurrirían a futuro, relacionándoles, aunque sea indirectamente con quiromancia, cartomancia y otras modalidades de adivinación. Del mismo modo utilizan el término Profecía para calificar a las predicciones sobre eventos o situaciones que ocurrirían también a futuro. Sin embargo, a muchos otros esto les parece de poca seriedad y solo una superchería o manera de embaucar a incautos y livianamente crédulos.

Y si esta manera de calificar a algunos aparece tan notoriamente en las Sagradas Escrituras, es de esperar entonces que los mismos textos sagrados nos esclarezcan, de alguna manera sobre esta materia. En verdad el profetismo y las profecías ocupan lugar importante en la Historia de la Salvación y en la Sagrada Escritura, recordando también que a los hijos de Dios y discípulos de Jesucristo se les exhorta para que, siguiendo a su Maestro, sean también, cada uno de ellos, Sacerdote, Profeta y Rey (cf. Lumen Gentium 31; Docto. Aparecida 209).

Si todo seguidor de Cristo que profesa su fe en el Dios Uno y Trino, como Dios Único y Verdadero, debe ser también, de alguna manera, profeta en sus entornos y en sus obras y acciones, por lo tanto es dable espera que nuestro santo fundador también nos enseñe mucho sobre la virtud de la Esperanza y el don y actitud de la Profecía.