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  • Su vida antes de la conversión: San Pablo es uno de los personajes más importantes de la vida de la Iglesia. A su respecto, dice Papa Benedicto XVI en una catequesis del Año Paulino: “Brilla como una estrella de primera magnitud en la historia de la Iglesia”[1]. Su vida puede ser contada en dos momentos: antes de su conversión cuando se encuentra con el Señor Resucitado en el camino de Damasco, cuando entonces, era un perseguidor de la Iglesia y después de este acontecimiento, cuando se convierte a Jesucristo y se hace anunciador de lo que antes combatía.

Atestigua los Hechos de los Apóstoles un discurso suyo en la ciudad de Jerusalén en donde él mismo se presenta (22,1-15). Lo reproducimos a seguir:

—Soy judío, natural de Tarso de Cilicia, aunque educado en esta ciudad, instruido con toda exactitud en la ley de nuestros antepasados, a los pies de Gamaliel, entusiasta de Dios como lo son todos ustedes actualmente.

Yo perseguí a muerte a quienes seguían ese Camino, arrestando y metiendo en la cárcel a hombres y mujeres, como pueden atestiguarlo el sumo sacerdote y el senado en pleno. De ellos recibí carta para los hermanos y me puse en camino hacia Damasco para arrestar a los de allí y conducirlos a Jerusalén para que fuesen castigados.

Yendo de camino, cerca ya de Damasco, hacia el mediodía, de repente una luz celeste, intensa, resplandeció en torno a mí. Caí en tierra y escuché una voz que me decía: Saulo, Saulo, ¿por qué me persigues? Contesté: ¿Quién eres, Señor? Contestó la voz: Yo soy Jesús Nazareno, a quien tú persigues. Los acompañantes veían la luz, pero no oían la voz del que hablaba conmigo. Yo le dije: ¿Qué debo hacer, Señor? Contestó el Señor: Levántate y ve a Damasco; allí te dirán lo que debes hacer. Como no veía, deslumbrado por el brillo de aquella luz, los acompañantes me llevaron de la mano y así llegué a Damasco.

Un tal Ananías, hombre piadoso y observante de la ley, de buena reputación entre todos los judíos de la ciudad, vino a visitarme, se presentó y me dijo: Hermano Saulo, recobra la vista. En aquel momento pude verlo a él. Me dijo: El Dios de nuestros padres te ha destinado a conocer su designio, a ver al Justo y a escuchar directamente su voz; porque serás su testigo ante todo el mundo de lo que has visto y oído.

[1] Benedicto XVI in www.vatican.va. Catequesis del 25 de octubre del 2006.

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